Dos sólidos argumentos en contra.
Francis
A. Schaeffer
La noción de que todo comenzó con un algo impersonal es el consenso o asentimiento del mundo occidental en el siglo XX. Es también el consenso de casi todo el pensamiento oriental. Casualmente, si nos adentramos hacia atrás lo suficiente, llegamos a una fuente impersonal. Es la opinión de lo que una vez llamé ciencia ultramoderna, y está integrado en la noción de la uniformidad de las causas naturales en un sistema cerrado. También es el concepto de mucha teología moderna si uno se adentra retrospectivamente lo suficiente.
No obstante, un comienzo impersonal suscita dos problemas abrumadores que ni el Oriente ni el hombre moderno se han atrevido a plantearse. Primero, no hay explicación verdadera para el hecho de que el mundo externo no sólo existe sino que tiene una forma específica. El estudio científico, a pesar del frecuente intento de reducir el concepto del condicionamiento personal al área del condicionamiento químico y psicológico, demuestra que el universo tiene una forma definida. Se puede ir de lo particular a una unidad mayor, de leyes menores a más y más generales o súperleyes. En otras palabras, cuando miro al Ser que es el universo externo, resulta obvio que no es precisamente un puñado de guijarros arrojados ahí afuera. Lo que está ahí tiene forma. Si afirmamos la existencia de lo impersonal como comienzo del universo, sencillamente no tenemos explicación para esta clase de situación.