«Como ella no respondió, me pregunté si mis palabras habían sido escritas en vano».
Susan Morin
Fue una noche glacial en enero de 1992 cuando sonó el teléfono y mi hijo de 15
Años gritó: «¡Mamá, es para ti!».
«¿Quién es?», pregunté. Yo estaba cansada. Había sido un día largo. De hecho, había sido un mes largo. El motor de mi automóvil había muerto unos días antes, y yo había vuelto al trabajo después de una gripe. Me sentía agobiada de tener que comprar otro vehículo y había perdido la paga de una semana debido a la enfermedad. Una nube de desesperación se cernía sobre mi corazón.
«Es Bob Thompson», respondió.
El nombre no me decía nada. Cuando iba a tomar el teléfono, el apellido me parecía vagamente familiar. ¿Thompson… Bob Thompson… Thompson? Como una computadora buscando la ruta correcta, mi mente hizo finalmente la conexión. Beverly Thompson. En el breve tiempo que tardé en llegar al teléfono, mi mente recordó los últimos nueve meses.






